OPINI�N
Tribuna

Marruecos: las dos caras de un pa�s fragmentado

El Gobierno y las �lites pol�ticas espa�olas deben asumir que las relaciones con Marruecos no dependen s�lo de las decisiones de Rabat ni sirven s�lo a sus intereses, sino que deben basarse en el respeto a la soberan�a espa�ola

Marruecos: las dos caras de un pa�s fragmentado
Ulises Culebro
Actualizado

La invasi�n de Ceuta, promovida o tolerada por las autoridades marroqu�es, ha vuelto a polarizar, por en�sima vez, los debates pol�tico y social sobre las relaciones de Espa�a con nuestro vecino magreb�.

Sin embargo, para poder definir y evaluar con �xito nuestra estrategia de relaciones bilaterales debemos conocer la realidad de ese pa�s alej�ndonos, en la medida de lo posible, de los estereotipos que han dominado las percepciones y decisiones de las �lites espa�olas desde finales del siglo XIX. Una de ellas es el s�ndrome de Annual, es decir, la visi�n derrotista ante un Marruecos dominante que nos lleva a pol�ticas apaciguadoras a costa de la soberan�a espa�ola. La otra es la visi�n rupturista, que concibe las relaciones con Rabat exclusivamente desde el antagonismo de intereses estrat�gicos y, sobre todo, civilizatorios, buscando una ruptura de relaciones que ignora la realidad de nuestra contig�idad geopol�tica.

Lo primero que hay que destacar es que los �xitos pol�ticos y la pretendida fortaleza estrat�gica de Marruecos son debidos, en gran medida, a las contradicciones de nuestras �lites sobre la defensa del inter�s nacional as� como a las consiguientes pol�ticas err�ticas que aplicamos con Rabat. Adem�s, hay que tener siempre bien presente que una parte importante de esas relaciones hispano-marroqu�es pasan por la influencia que -todav�a- ejerce Par�s sobre la Corona y las �lites del Majz�n.

Por otra parte, es un error muy frecuente entre los dirigentes y medios de comunicaci�n espa�oles considerar el r�gimen marroqu� como una realidad monol�tica y cohesionada en torno a la autoridad religiosa y pol�tica del Monarca. Nada m�s lejos de la realidad. El pa�s est� fragmentado pol�tica y socialmente. Ello alimenta una conflictividad y la tensi�n interior que suelen ignorarse o minusvalorarse.

En la dimensi�n pol�tica interna, al conflicto permanente con la minor�a bereber han venido a sumarse el antagonismo con la poblaci�n saharaui del interior y el auge del radicalismo religioso islamista con sus secuelas yihadistas, todo ello abonado por la desigualdad social y econ�mica que existe entre las ciudades de la costa y el mundo rural del interior.

En la pol�tica exterior hay un conflicto abierto con Argelia que en cualquier momento puede escalar al enfrentamiento armado y que, junto con el alejamiento del El�seo en los �ltimos a�os, ha obligado a Rabat a buscar alianzas estrat�gicas con Israel y Estados Unidos, a pesar de que su dependencia econ�mica sigue siendo con la UE.

Por otra parte, la organizaci�n de la sociedad marroqu� descansa en el sistema de clanes, es decir, los grupos familiares extensos vinculados por la sangre y los ancestros, en los que la lealtad de sus miembros est� por encima de su propia identidad personal o estatal. Las alianzas y rivalidades entre clanes por el control del poder pol�tico y econ�mico del Estado dominan la vida interna del pa�s desde los consejos comunales hasta la propia Casa Real, pasando por los walies, gobernadores y ministros.

Todos estos poderes intermedios son tributarios de la legitimidad que ostenta el Monarca, que es, al mismo tiempo, el jefe de la comunidad de creyentes y el jefe del Estado, pero a su vez imponen un control sobre el propio Mohamed VI hasta el punto de limitar decisivamente su poder efectivo. Es el conocido equilibrio din�mico entre el Rey y el Majz�n, no exento de rupturas como se pudo apreciar con los atentados que sufri� Hassan II. Un equilibrio fr�gil que viene perpetu�ndose desde la independencia en 1956 y que constituye el n�cleo del Estado.

El resultado es una constante dial�ctica entre los grupos y clanes del Majz�n que controlan y gestionan la estabilidad pol�tica y la econom�a interna del pa�s y aquellos otros cuyos intereses est�n vinculados a la diplomacia y las relaciones comerciales y financieras internacionales, adem�s de las alianzas estrat�gicas.

Para entender la invasi�n de Ceuta de los pasados 30 y 31 de julio, hay que se�alar que el pr�ximo 23 de septiembre se celebrar�n las elecciones al Parlamento de Marruecos. Resulta interesante constatar que, al igual que ha ocurrido ahora, el anterior asalto masivo a Ceuta se produjo en 2021, a�o de las precedentes elecciones parlamentarias. Es cierto que el Parlamento marroqu� no es un verdadero poder del Estado como en Espa�a, por lo que las elecciones no tienen el mismo alcance pol�tico, pero tambi�n es verdad que son una ocasi�n especial para demostrar la capacidad de movilizaci�n social y, por tanto, de influencia real de las distintos clanes que se disputan el poder en el Majz�n.

M�s all� de este condicionamiento electoral, lo cierto es que la movilizaci�n de m�s de 80.000 personas venidas desde distintas ciudades para acceder desde Castillejos a Ceuta no pudo pasar desapercibida a la Direcci�n de Seguridad Nacional ni a la Direcci�n General de Vigilancia del Territorio, ambas dirigidas por Abdellatif Hammouchi. Negar esta evidencia ser�a tanto como reconocer su incompetencia, algo que, obviamente, las autoridades marroqu�es no han hecho.

Por otro lado, tambi�n resulta obvio que la gravedad del conflicto que se ha provocado con Espa�a, a pesar de los intentos de mitigarlo por parte de nuestro Gobierno, y por extensi�n tambi�n con la Uni�n Europea, ha obligado a la diplomacia y la inteligencia exterior alauitas a movilizar todos sus recursos diplom�ticos, propagand�sticos y de presi�n internacional, para evitar una escalada cr�tica y minimizar los da�os ocasionados.

Como vemos, en el origen y evoluci�n de la crisis con Marruecos debemos considerar las dos caras del poder de Rabat: la interna, orientada a estabilizar el r�gimen y reducir la creciente presi�n social provocada por el deterioro social y econ�mico del pa�s, y la exterior, destinada a contribuir decisivamente al desarrollo del pa�s mediante la promoci�n del flujo comercial e inversor procedente de la UE junto con la protecci�n de la soberan�a nacional mediante la diplomacia institucional y los pactos estrat�gicos.

El Gobierno y las �lites pol�ticas espa�olas deben asumir, de una vez por todas, que las relaciones con Marruecos no dependen s�lo de las decisiones de Rabat ni sirven s�lo a sus intereses. Esas relaciones tambi�n deben respetar la soberan�a espa�ola, incluidas Ceuta y Melilla, as� como nuestros intereses nacionales tal y como los definan en cada momento las autoridades de Madrid.

Para lograr esta base de relaciones mutuas, el Gobierno espa�ol debe imponer tres criterios en su actuaci�n con Rabat: la cooperaci�n, siempre que sea rec�proca y equilibrada; la disuasi�n, siempre que est�n en juego nuestra seguridad e intereses nacionales; y, finalmente, la represalia proporcionada, siempre que se produzca cualquier abuso por Marruecos en las relaciones de cooperaci�n o cualquier violaci�n cr�tica de nuestra soberan�a.

En el caso de Ceuta, la violaci�n de nuestra soberan�a se produjo porque incumplimos los criterios de disuasi�n y represalia tras la invasi�n de 2021. No es casualidad que la falta de una represalia proporcionada en aquella ocasi�n fuese debida al mismo presidente de Gobierno que ha impuesto la pol�tica de sumisi�n en la crisis actual. Tampoco deber�a sorprendernos que con semejante antecedente las distintas facciones del Majz�n hayan aprovechado nuestra debilidad gubernamental para dirimir sus rivalidades de poder a costa de nuestra soberan�a nacional.

Resulta evidente que en la actual situaci�n cr�tica en la que se encuentran Ceuta y nuestros intereses nacionales la devoluci�n de todos los inmigrantes ilegales a Marruecos debe realizarse en el marco de una legislaci�n excepcional, no en el de la legislaci�n migratoria, y debe imponerse a Rabat mediante represalias proporcionadas: por ejemplo, controles restrictivos aduaneros, suspensi�n temporal de remesas de residentes marroqu�es en Espa�a, etc�tera.

Sabemos que semejante escenario no se va a producir a corto plazo con este Gobierno, pero tambi�n sabemos que los efectos de su inacci�n le pasar�n factura al PSOE en las pr�ximas elecciones auton�micas y generales, digan lo que digan los sondeos del CIS.

Rafael Calduch Cervera es catedr�tico em�rito de Relaciones Internacionales de Universidad Camilo Jos� Cela