23 sept 2008

Ava dice: “Opio is on my side”


Fotografía cedida por Ava Echeverri

Llegar de noche a un país desconocido es como entrar a dormir bajo sábanas extrañas. Por eso hay que esperar a que despunte el sol para ver con quién se está durmiendo.

Rafael Chaparro Madiedo.

“Crónica marxiana”.

La Prensa. Junio 21 de 1990.


Yo fui la primera persona en arribar a la Funeraria Los Olivos de la calle 42[1]. Hasta que no lo vi llegar en el ataúd no empecé a creer que de verdad se había muerto. Ahí sentí una tristeza absoluta, pero no lloré porque ya había derramado todas las lágrimas que tenía que derramar por Rafael Chaparro Madiedo. La historia que él y yo tuvimos fue algo traumática y nuestra relación no duró mucho, igual yo poseo más buenos recuerdos de lo nuestro, es más, puedo decir que siento a Opio en las nubes como si fuera de los dos.

La noche en que él terminó de escribir la novela fue muy especial. Cuando digitó la última palabra y el punto final, se paró emocionado y me dijo que Truman Capote le había sugerido la estructura y que ahora se sentía a gusto con lo que había escrito. Eso fue mucho después de la medianoche, salimos a comprar licor y cigarrillos para celebrar y nos tocó conformarnos con una botella de vino barato y un par de sándwiches, pues ya todo estaba cerrado. En todo caso la pasamos bien porque en el aire de la madrugada se respiraba un vaho muy especial, agudizado por un fuerte pálpito en el fondo de mi ser y que me decía que ese texto iba a tener mucho éxito. No sé cómo explicarlo mejor.

Rafael empezó a escribir Opio en las nubes en mayo de 1991 y la culminó en septiembre de ese año, luego de dos intentos fallidos y un tercero definitivo. En el primero, a la altura de la página setenta, se dio cuenta de que el asunto no iba por buen camino y la borró del computador. En el segundo intento ocurrió lo mismo, pero más rápido. En el tercero venció sus obstáculos de escritor y la terminó. Le voy a leer lo que él dijo en una entrevista que le hizo Mauricio Silva para La Prensa, a los pocos días de haberse ganado el Premio Nacional de Novela: “Un día me iba a poner a escribir, salí, me compré unas cervezas, unos cigarrillos y unos sándwiches. Me senté frente al computador y nada, miré los libros que siempre tengo junto a la pantalla y uno de Truman Capote me causó algo. Todavía no sé, es un misterio, porque el tipo no se apareció, ni nada por el estilo, sólo sé que él fue y desde el cielo o el infierno estaba haciéndome barra. Estuve hasta las cuatro de la mañana y ese día formé la columna de la novela y me di cuenta de que por ahí era, por pura intuición, lo mismo que se siente cuando uno se enamora de la que es”.

Yo digo que siento la novela como de los dos porque en esos meses lo vi escribirla todas las noches en el apartamento donde vivimos juntos, en la calle 85 con 19, en Bogotá. Fue algo muy chévere, pues yo siempre me recostaba en un sofá de la sala detrás de él, en este mismo sofá desde el que hoy le cuento todo esto, para verlo escribir mientras trataba de asimilar la idea de que estaba casada con un escritor como él. No lo podía creer.

En el tiempo en que él trabajó en la novela su rutina de escritor fue muy disciplinada. Rafael siempre fue un tipo comprometido con su literatura, tanto, que a veces llegué a sentir celos cuando no me paraba bolas por estar escribiendo. También digo que Opio en las nubes es de los dos, porque si usted mira está dedicada a mi hija Laura y a mí, Ava Echeverri. Eso también muestra que Rafael me quiso mucho, igual que yo a él, y que también quiso mucho a mi hija, que en ese entonces era una niña de unos cuatro años.

Digo lo que digo, aunque suene osado, porque además él siempre me consultaba cosas, o me leía fragmentos para ver qué opinaba, y yo, inmersa en idealizarlo, no les paraba muchas bolas a los textos, cosa de la cual hoy me arrepiento mucho. Y mi papel también fue un poco el de correctora, porque Rafael escribió siempre de una manera muy automática, influenciado por la generación beat y a veces se le pasaban cosas ortográficas que yo le hacía ver para que cambiara.

Ava tiene mucho que contar

Cuando hicieron la ceremonia de entrega de los Premios de Cultura de 1992 en la Biblioteca Nacional y leyeron como ganadora del Premio de Novela a Opio en las nubes, yo salté de la emoción y me puse muy feliz por Rafael, aunque para esa época ya nos habíamos separado. Hoy pienso que nuestro matrimonio se acabó porque de pronto yo me convertí en una mujer intensa y algo celosa. Sin embargo no tengo muy seguro porqué pasó lo que pasó y todavía creo que él sólo quería cambiar de vida y ya. Al final sólo tengo buenos recuerdos de cuando viví con él. Usted sabe que no todas las parejas logran superar los obstáculos que la vida les va poniendo.

En un principio todo fue muy bello. Al cabo de un tiempo empezamos a pelear mucho y él decidió irse de un momento a otro, vino por sus cosas y nos separamos. Igual es uno de los tantos capítulos de mi vida, algo que ya superé y listo. Desde eso lo vi un par de veces en la calle. La última vez fue unos meses antes de su muerte, en la esquina de la cuadra donde vivimos y donde queda todavía el restaurante American Burguer. Allí estaba comiendo con su novia y yo con mi hija Laura. Nos saludamos y esa fue una despedida sin saberlo.

A Rafa o ‘Mi Mushasho’, como yo le decía, lo conocí en 1989 luego de llegar de Nueva York. En ese entonces le dije a mi hermano, Gustavo Echeverri, que quería que me publicaran un artículo de cine en el periódico La Prensa, donde él trabajaba como editor político. Por eso le pregunté que quién era la persona encargada de eso y él me presentó a Rafael. De inmediato nos gustamos y comenzamos a salir. Cuando menos lo pensamos éramos novios y al poco tiempo, al año, nos casamos. Eso fue luego de regresar de un viaje a Cuba[2] donde él estudió con Gabriel García Márquez.

En un principio me pareció flaco, desgarbado, con pelo largo y desaliñado. Lo que más me llamó la atención era que escondía mucho las manos en los bolsillos de los jeans o en las mangas de las camisas y de las chaquetas cuando fumaba. Era muy gracioso porque a veces se complicaba mucho para fumar. Mejor dicho, fumaba muy extraño. Luego de un tiempo me di cuenta de que era por su enfermedad, la cual le afectaba especialmente los riñones y hacía que sus manos fueran resecas y a veces se les cayera un poco la piel. Él siempre fue como una fotografía de sí mismo: gafas, camisa a cuadros, chaqueta de jean, tenis o botas de gamuza y jeans rotos. Era típico y yo siempre me lo gocé por eso. Muchas veces le dije que comprara camisas a rayas para que variara un poco, pero él aunque nunca fue gruñón siempre tuvo la terquedad que caracteriza a los santandereanos, pues sus padres venían de esa región. Quiso mucho su familia, adoraba sobre todo a doña Aminta Madiedo, su madre y cómplice, y a su hermana menor. No le gustaba mucho la disciplina de su papá ni ser el hijo mayor, el que tenía que dar buen ejemplo a sus otros hermanos.

La gente supo después lo de nuestro matrimonio, cuando les enviamos la noticia en una foto que nos habíamos tomado los dos en la Plaza Che Guevara, en La Habana. A esa foto le sacamos copias para todos los amigos y Rafa les escribió por detrás un mensaje distinto, para invitarlos a una fiesta de celebración que hicimos en el apartamento. Esa imagen la publicaron en La Prensa con una chistosa nota social[3].

Muy pocas cosas se saben de él y casi todas se deben a Opio en las nubes y al párrafo de presentación de su autor que aparece en la edición del libro hecha por Colcultura[4]. Por ejemplo, muy pocos conocemos que él estudió en el curso de guiones de García Márquez, aunque en ese viaje a San Antonio de los Baños le fue muy mal y volvió desilusionado del Nobel, diciendo que él, en las clases, sólo les ponía atención a las mujeres y que para acabar de ajustar olía mal. Otra cosa que vale la pena mencionar es que con el texto Susana en el Cielo con Rosas, en junio de 1990, se ganó el segundo lugar del Concurso de Guiones Radiales para Piezas Dramatizadas, otorgado por el Instituto Goethe a través de la Radio Alemana de Occidente. A esto se le suman los textos inéditos que dejó y que su familia guarda con celo; que en la Universidad de los Andes reposan los números de Hojalata, un periódico que fundó en la Facultad de Filosofía con sus amigos Andrés Huertas y Felipe Castañeda y por el cual se dice que fue investigado por el ejército, que pensaba que era una publicación subversiva; y que en la hemeroteca de la biblioteca Luis Ángel Arango se pueden consultar sus más de doscientos artículos escritos para la revista Consigna y el diario La Prensa[5].

Es más, algunos hasta piensan que él se suicidó o que murió de sobredosis. Se han tejido mitos de este tipo alrededor de Rafael que hacen que Opio en las nubes siga como libro de culto, sobre todo entre los jóvenes. Yo sé que la novela se defiende sola ante sus lectores, por su estilo tan particular, pero mitos como los mencionados han ayudado.

Pocos saben sobre su enfermedad, algo que no puede pasar desapercibido para comprender un poco lo que fue Rafa y lo desgarrado de su novela. Si por un lado estaban el cine, el rock y la literatura, por el otro la cortisona, que a diario tenía que tomar junto con otros medicamentos. Era una cantidad abrumadora de pastas. Su condición es un tema muy delicado y difícil de contar. Él tuvo la muerte rondándolo todo el tiempo, pero no se preocupaba mucho. Yo lo cuidé en todo momento y conmigo tuvo una crisis que casi lo mata. Siempre le mantenía su tratamiento dentro de una refractaria amarilla que todavía conservo y que ponía encima de la nevera. Nunca, y es bien extraño pensar en eso, lo vi tomándose una sola pasta. No sé a qué horas lo hacía y no sé por qué se ocultaba para ello. Lo que sí sé y lo digo ya, es que quizá por tener la muerte respirándole en el cuello, todo el tiempo, escribió lo que escribió y de manera genial.

Es que yo conocí mucho de él que es un misterio para los ajenos. Nada más los que tuvimos una relación muy estrecha con Rafael, además de su familia, podemos decir eso. Igual nadie ha indagado sobre su vida. Lo que todo el mundo sabe es que era muy callado y tímido, que fumaba un resto, de todas las marcas, pero le fascinaba el sabor del Pielroja, del Lucky y del Marlboro. Además, el tiempo que vivimos juntos no puede decirse que fue efímero como el humo del cigarrillo, no fue tan poco como para no haberme permitido conocer mucho de él. Resalto de nuevo que era un tipo comprometido con su cuento, un escritor de todo el tiempo y que trató de exorcizar el demonio de la muerte con ese oficio. En este apartamento todavía existen muchas cosas de entonces que lo demuestran, hay libros que él mantenía siempre a su lado, anotaciones de ideas para sus textos hechas en libretas y otras cosas más. Los únicos que ya no están aquí son sus cuadros. Tampoco está el computador donde nació la novela. Ese quién sabe dónde estará. En su lugar puse una mesa que diseñó mi hija Laura.

Hay tantas cosas que quisiera decirle y estoy haciendo un esfuerzo por ser ordenada. Se me vienen muchas imágenes a la mente de manera repentina y espero que me esté haciendo entender. Volviendo a lo de su enfermedad, él fue un poco de malas, puesto que el lupus se le ensañó con sus riñones y a veces su cara se le hinchaba, por lo que en La Prensa le decían “el sapito de Niza”. Sus manos se le pelaban y su piel se le ponía muy sensible al sol, por lo que no podía recibirlo. Pero a Rafa nunca le valieron las prohibiciones y le fascinaba ir de paseo a tierra caliente. Alguna vez, por lo fuerte de la droga, los ojos se le afectaron y estuvo muy cerca de quedarse ciego. Pensando en eso me pintó un cuadro y me lo regaló.

Ahora mismo pienso en otro mito. De él también se decía que era ateo, pero eso no es cierto. Por su mamá fue devoto de la Virgen. Es más, al principio de nuestra relación hasta me invitaba a misa. Y siempre, luego de cada chequeo en el que le decían que tenía muy alto el nivel de creatinina y que le quedaba muy poco tiempo de vida, meses apenas, él rezaba conmigo. Aunque no voy a decir que Rafael era un católico convencido y riguroso[6], sólo que él tenía su modo de creer, nada más. Algo de eso me quedó, puesto que con el paso del tiempo empecé a acercarme a la Iglesia y ahora, después de ciertos cambios obligados que se dieron en mi vida, estoy muy inclinada hacia la oración y soy ministra de la Iglesia Católica.

La conclusión

Estuve muy enamorada de él. Rafa siempre quiso tener un hijo y yo quedé embarazada, pero más o menos al tercer mes tuve unas complicaciones y lo perdí. De eso no quiero hablar. Ya para finalizar le diré que compartimos muchas cosas, como su eterno Renault 4, un cacharro que adoraba, y el amor por la literatura. Recuerdo que nos gustaba muchísimo Truman Capote, a él especialmente Kafka, Baudelaire y Rimbaud. También le gustaba leer todo lo que salía sobre rock and roll y se moría por los Rolling Stones, Los Beatles, John Lennon, The Doors, Bob Marly y U2. Yo lo secundé en eso. Su obra está plagada de rock and roll y de cine, por lo que no es extraño encontrarse títulos de sus artículos que jueguen con nombres de canciones o de películas. Me acuerdo de uno que es “UPAC is on my sidey que conservo con aprecio junto a otros recortes de periódicos con sus artículos. Poco después de su muerte dejé de leer literatura. Ahora estoy leyendo la Biblia y otras cosas, aunque hace tres días, cuando usted dijo que quería conversar conmigo sobre Rafa, sentí la necesidad de leer y he estado mirando un poco de Tomás Carrasquilla.

Cuando se murió

A mí me contó de su muerte la esposa de Eduardo Arias. A la funeraria llegué muy temprano. Yo estaba como abstraída y todavía no aterrizaba y me quedé fría cuando lo vi llegar. Ahí, parada junto al ataúd, se me vino a la cabeza que mientras estuvimos casados yo nunca tuve una argolla de matrimonio, nunca me hizo falta, nunca lo noté y no sé por qué lo pensé en ese momento. Después del entierro he ido dos o tres veces a la tumba, no más. Recuerdo cómo lo enterraron. Tenía una camisa a cuadros que le gustaba mucho. Era de colores, estilo leñadora, como las que siempre usó. En las manos tenía una cruz que le pusieron las hermanas. Verlo así me impactó demasiado, pero como ya dije, no lloré y su muerte me dio muy duro porque yo siempre le auguré un éxito en la literatura. Siempre, hasta ese momento, pensé que él iba a ser alguien muy grande en la vida, y de algún modo, sólo con una novela lo consiguió.



[1] Con motivo de la muerte de Rafael Chaparro, el diario La Prensa publicó, el 18 de abril de 1995, en la primera página, el siguiente aviso: “La Prensa invita a las exequias del señor Rafael Chaparro Madiedo que se efectuarán el miércoles 19 de abril a la 1:00 p.m. en la Parroquia San Juan Crisóstomo (Cr. 52, calle 119 Niza) y luego acompañarlos al parque cementerio La Inmaculada. Velación: Funeraria Los Olivos (Calle 42 No.14-20). (No enviar flores)”. Junto al aviso estaba el siguiente titular invitando a un especial de tres páginas: “El joven periodista y escritor Rafael Chaparro Madiedo, columnista de La Prensa, ensayista, Premio Nacional de Novela, libretista de ‘Zoociedad’, ‘Quack’ y La Brújula Mágica’ falleció ayer a los 31 años de edad en Bogotá. Falleció Rafael Chaparro (Páginas 20, 21,22).

[2] De ese viaje Chaparro escribió varias crónicas para La Prensa. Dos de ellas se titulan “Crónica Marciana”, de junio 21 de 1990, y “La noche de los rábanos blancos”, de junio 24. En la primera narra algunos aspectos de su llegada a La Habana. En la segunda habla específicamente sobre San Antonio de los Baños y de cómo, entre otras cosas, el realismo mágico llega en un BMW: “Nadie se imagina que el maestro del realismo mágico llegue a dar su taller de guiones a bordo de un flamante BMW”.

[3] La nota a la cual Ava Echeverri se refiere fue publicada en ese periódico, junto a la fotografía, en marzo 23 de 1991, página 20, sección Vivir, y dice así: “Esto no pretende ser una nota social. Solamente queríamos registrar la aparición en Zoociedad de Ava Gardner Echeverri y Rafael Chaparro Cabeto. Los textos que circulan anunciando el matrimonio se refieren a un matrimonio postmodernista; es en técnica mixta, con ladrillo y ventanas. Con bostezo incorporado y locha. Antetítulo, título y entradilla. Con las fuerzas morales de la nación. Con contacto en La Habana y contactos de lluvia. Los gomelos, de luna de miel darán una vuelta en ejecutivo”.

[4] El texto al que Ava se refiere es este: “Rafael Chaparro Madiedo. Bogotá, diciembre de 1963. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de los Andes. Trabajó como redactor cultural en el diario La Prensa. Actualmente es uno de los libretistas del programa de televisión ‘Zoociedad’. A los diez años fue envenenado por los Rolling Stones. A los veintiún años Rimbaud lo dejó en estado de coma. Le gusta ir a cine de tres solo, a cine de seis bien acompañado y a cine de nueve muy bien acompañado” (Opio en las nubes, Premio Nacional de Literatura, 1992). Este texto fue escrito por el propio Rafael.

[5] La poesía también fue uno de los intereses de Rafael Chaparro y en 1986 obtuvo una mención especial al participar en el Tercer Concurso Universitario de Poesía del ICFES, con la obra titulada La hora de la fatiga que se compone de dos poemas: “Lunas” y “La torre de nieve”. “Lunas / No me mires / cuando la luna se estremezca / en mil temblores fulgurosos // No me hables / cuando comparta mi pan / con los habitantes de la Tiniebla / porque entonces mi sombra te cubrirá como una niebla // Sólo espérame en el filo de la realidad / donde la púrpura profunda de Dios / se desangra sobre mi sangre”. Tomado de: Concurso Universitario de Poesía ICFES: Obras premiadas 1986. Bogotá: Editorial Guadalupe. p. 123.

[6] Aunque en la obra de Chaparro no se evidencia mucho sobre sus inclinaciones religiosas o espirituales, sí hay varios artículos en La Prensa que de alguna manera dilucidan algo sobre su postura ante eso. Hay textos como el titulado “Dios mío, ¿por qué nos has abandonado?”, publicado el 26 de septiembre de 1992 en la página 27, en el que él sienta una posición clara sobre la Iglesia y los curas colombianos: “Cada vez que habla un prelado siempre lo hace en tono negativo: “No vamos a dejar que la educación católica se vaya de los colegios”, “no vamos a dejar que se instaure la planificación”, “estamos en contra del uso de condón”. Muy raras veces la Iglesia propone caminos alternos de solución a los problemas de la vida cotidiana. En este sentido las vías de comunicación entre la Iglesia y su rebaño están obstruidas. (…) En las comunas tiene más sentido la música punk que el discurso clerical. (…) El movimiento Punk dice: “Muy bien. No hay futuro. Viva el presente”. El movimiento Punk propone vías contra la opresión, la miseria, el desempleo, es decir los problemas diarios. Por el contrario el discurso clerical habla en tono pasivo y dice: “frescos locos, sí hay futuro, opriman el presente”. Y está también el texto titulado “Perdónanos porque no sabemos lo que hacemos”, publicado el 31 de octubre de 1993 en la página 26: “Unas personas rezan en las iglesias. Yo rezo en los parques cuando las aves son más transparentes y el aire trae el sabor de tu nombre. Yo rezo para que los de abajo no sigan abajo, rezo por el whisky Jack Daniel’s, rezo para que Mick Jagger obtenga la inmortalidad, rezo para que Jim Morrison en la sexta división del Cementerio Père Lachais de París resucite algún día rodeado de las chicas más hermosas del universo mientras el cielo se llena de botellas rotas de whisky y de heroína, rezo para que las tetas y las nalgas de las mujeres cada día se les pongan más bellas, (…) rezo por el brillo del sol estallando en el pelo de las rubias, rezo por los labios de las negras, rezo por el vientre de las árabes, rezo por el rock, (…) rezo para que los bares abran a las once de la mañana, rezo para que algún día dos más dos sea igual a cinco, (…) rezo por la capa de ozono, (…) rezo por todos los animales y las plantas del bosque, (…) rezo por la marihuana, rezo por Bob Marley, rezo por aquellos gatos del mundo que todas las noches se escabullen con sus gatas para hacer el amor en los techos mientras llueve, rezo por la lluvia, rezo por los tomates, rezo por la cerveza, rezo por el blues, rezo por B.B. King tocando con Lucille, rezo por Eric Clapton tocando Cocaine, rezo por el opio, rezo por las nubes, (…) rezo por ti, rezo por mis padres y mis hermanos y mis amigos, rezo y le pido al padre nuestro que estás en los cielos, en los bares, en las prisiones, santificado sea tu nombre, vénganos tu reino, hágase tu voluntad, danos hoy nuestro whisky de cada día, danos hoy nuestro beso transparente de cada día, (…) perdona nuestras ofensas como nosotros hemos perdonado a tantos que nos han ofendido, desde liberales hasta conservadores, pasando por comunistas, no nos dejes caer en la tentación de los precandidatos, amén”.

‘El man de Los Andes’

Manuel Hernández dictando clase en Los Andes. Fotografía: La Prensa.

Mick Jagger almorzó con el obispo anglicano y de nuevo se montó en su helicóptero, se fue para las nubes y siguió diciendo ‘out of my cloud’, fuera de mi nube. Señor Jagger, gracias a usted repetí cuarto de primaria, gracias a usted supe que la vida sabe a cero en matemáticas, gracias a usted supe que había otras cosas más allá de Bogotá, Colombia, Suramérica, gracias a usted la cerveza y el whisky me saben diferente, gracias a usted supe que estábamos de algún modo en la misma nube de opio.

Rafael Chaparro.

“En la misma nube de Jagger”.

La Prensa. Noviembre 8 de 1992.

Es increíble cómo una mala noticia se expande como si fuera un ente con voluntad propia para hacerse saber. A mí nadie me llamó a avisarme que Rafael Chaparro se había muerto y hasta una función de cine me persiguió esa mala noticia. Como pasa con esta clase de anuncios uno se queda mudo y mientras balbucea cualquier cosa por la boca, se sobreviene en la mente una secuencia muy rápida de recuerdos relacionados con la persona que acaba de morir. De algunos de ellos le hablaré a continuación.

‘El man de Los Andes’

Ese soy yo, Manuel Hernández[1], y así me puso Rafael Chaparro cuando un buen día mandó alguno de sus compañeros de La Prensa para que cubriera una de mis clases en la Universidad de los Andes. El resultado fue un artículo titulado El man de Los Andes en el que yo aparezco con un poco más de pelo y con la barba no tan blanca.

Ese apodo proviene de alguien que antes de ser mi amigo llamó mi atención por su sensibilidad con el lenguaje, su experimentación con las palabras y su modo irónico de ver la vida. El apodo no es otra cosa que un juego gracioso con el sonido de las palabras que conforman mi nombre y las de la universidad donde yo he dictado desde hace años un curso de literatura: MAN-uel Hern-ANDEZ + Universidad de los Andes = Man de los Andes. Otro de esos geniales juegos consistía en decir que su vida estaba regida por tres letras que conforman el prefijo UNI, pero de eso le hablaré más adelante.

De Niza a Los Andes, de UNI en UNI

Yo no me acuerdo de cómo conocí a Rafael. En un momento dado ya estábamos metidos en una buena amistad sin que haya tenido una marca de inicio. No se puede ubicar una fecha concreta porque son años muy importantes en la historia de Colombia y de Bogotá. Hay una cantidad de hechos históricos que son fundamentales para poder comprender este proceso y uno de los más importantes es el problema del transporte, un tema que ha sido siempre una locura, como en muchas partes de lo que antes se llamaba el Tercer Mundo.

El transporte es el reto para comprender la ubicación de la Universidad de los Andes, una institución privada fundada seis meses después del 9 de abril con la elite conectada con los Estados Unidos y que con su nacimiento contradice el sentido de expansión de la ciudad hacia el norte. Entonces como el público de la Universidad es la elite y la elite ya vive en el norte, no hay medios de acceso ni suficientes automóviles para entonces, situación que persistió hasta bien entrados los años de la década de 1980, en la que los jóvenes de la época de Chaparro se vieron obligados a movilizarse en bus o en buseta. Más o menos en esa época surge la línea ejecutiva que va de Unicentro a Uniandes y en esos días aparece un muchacho muy feo, de gafas y que tenía carita rojita de sapito. Ese muchacho comienza a mamar gallo con el prefijo Uni: UNI-centro, UNI-ruta, UNI-andes. Obviamente se trataba de un muchacho con una fuerte sensibilidad con el lenguaje y que desde entonces empezaba a descubrir la contracción de las palabras que se daba por los procesos de movilización urbana.

Por tal yo encontré a ese muchacho inteligentísimo y muy mal vestido. Tenía siempre un par de tenis raídos, unos pantalones con muchos rotos y una chaquetita miserable, además de una idea de la vida completamente irónica.

Sus padres habían hecho su hogar en un barrio muy importante que se llama Niza, un complejo residencial construido por el desaparecido Banco Central Hipotecario y diseñado por el francés Paul Couleaud. Uno puede decir que es uno de los diseños emblemáticos de Bogotá al lado de, por ejemplo, las Torres del Parque de Salmona. Son casas grandes, de más de 170 metros, con un esquema uniforme, lo que podría ser el equivalente en Medellín al Laureles de los años 60. Entonces Chaparro venía de clase media alta, lo que da una idea de cómo fue su infancia, con su bicicleta y sus novias de barrio. Un chico con ciertas comodidades que además estudió en un colegio laico llamado Helvetia. Un chico con ciertos privilegios que le permiten ejercer un espíritu crítico, el mismo que surge más a menudo en las burguesías satisfechas.

Niza se convirtió en ese lugar, si se quiere, un poco mítico en donde él empezó a emitir sus mensajes. Ese es el Rafael que yo conocí, y en Hojalata, periódico que él ayudó a fundar en Los Andes, se publicaron textos de crítica urbana, no politizada ni mucho menos de izquierda, al lado de otros que mostraban la bobería circundante. En esta publicación y en las otras donde Chaparro trabajó, se nota su intento por reivindicar el acto de caminar como los antiguos cronistas y empieza a retratar una Bogotá ‘undergroud’, fría, polucionada y neblinosa y que luego se trasmuta en la ciudad híbrida donde se desenvuelve la trama de Opio en las nubes.

Vamos en que Chaparro comienza a sacar su Hojalata y yo decido dictar un seminario sobre Edgar Alan Poe, al cual Rafael se inscribe. En este tipo de cursos yo abro ventanas, sugiero cosas y él empieza a aproximarse a la literatura siniestra con un poco de rock y un poco de Borges, entre otros escritores, lo que se convierte en una mezcla típicamente heterogénea con un factor que la atraviesa, que es el amor por una ruptura literaria que Bogotá necesitaba. Puede que Chaparro no la estuviera persiguiendo concientemente, pero lo pudo materializar con su novela. Mejor dicho, él no fue un revolucionario del lenguaje, pero sí estuvo dentro de una revolución de éste[2].

El punketo intelectual

La muerte es la patencia misma del desamparo[3].

Rafael Chaparro.

Para mí sigue teniendo mucha importancia el desaliño de Rafael, lo que Borges llamó “el torpe aliño indumentario”. Pero no sólo me refiero a su manera de vestir, sino que voy más allá e incluyo su modo de escribir desinhibido e irrespetuoso con algunas reglas del idioma. Lo que en él fue un juego y se constituyó en una novedad, por ejemplo, en la forma de construcción de frases o párrafos de Opio y sobre todo la manera de titular. Algo que aunque parezca descabellado puede compararse con lo que hicieron escritores como James Joyce o Julio Cortázar, que siempre estuvieron buscando cosas nuevas sin perder coherencia.

Él fue un punketo, pero en el mejor de los sentidos. Y que se me entienda bien, porque no me refiero al pobre muchacho bizarro que sale a la calle con el pelo parado sin saber por qué. Lo de Rafael, aunque se exteriorizaba un poco con su vestimenta, era algo interno. Él, para mí, siempre tuvo un espíritu anárquico y con una fuerte alma de intelectual probo. Si no hubiese tenido esa maldita enfermedad él hubiese sido un gran estudioso de Heidegger en Alemania, además de un gran escritor. Carlos B. Gutiérrez, el asesor de su tesis[4], con la que optó para el título de Filosofía y Letras, lo tenía casi listo para aplicar a una beca para irse a Alemania, pero fue un proceso que tuvo que pararse por sus dolencias físicas.

La tesis de Rafael, basada en Martin Heidegger, es otro tema bien importante que habría que tener en cuenta. Es crucial dar algunas referencias de ella porque allí también se encuentran muchas claves o consideraciones metafísicas, si se quiere, de lo que puede ser Opio en las nubes como un premeditado testamento literario. A través de ella se da uno cuenta de que está ante un escritor atormentado y esperando la muerte, pero no de manera resignada. Empecemos por el título de este trabajo que nos abre toda clase de posibilidades: Interpretaciones de los estados de ánimo como experiencias ontológicas con base en “Ser y Tiempo”. Y para no alargarnos mucho, mencionemos ciertas palabras clave que en ella aparecen y que individualmente pueden ser consideradas para todo un universo de ejercicios de raciocinio: angustia, miedo, muerte, nada, tiempo, ser, amor, finitud, paz, libertad y justicia. Creo que me hago entender.

El Dueño, El Verraco y El Hijueputica

Así podría resumirse un poco lo que fue La Prensa cuando estuvo Chaparro trabajando ahí. Podría verse como una dinámica de choque entre tres personas que no se llevaron bien pero que generó una sinergia que rindió provecho para esa publicación. En la periferia de los tres estuve yo conociéndolos bien y mirando su actitud.

Rafael se hizo notar desde Los Andes y comenzó a demostrar una tremenda capacidad para escribir, lo que coincidió con el deseo de los dos hermanitos Pastrana de hacer un periódico. Entonces nace La Prensa con Juan Carlos Pastrana como director (El Dueño), nombran a Fernando Garavito (El Verraco) como editor y a Rafael Chaparro como redactor cultural (El Hijueputica). Al poco tiempo de trabajo comienza a surgir una especie de gran tensión entre la actitud sardónica de Garavito y la irónica de Chaparro. Como Garavito, que al igual que yo, venía de algo que Juan Gustavo Cobo Borda denominó la Generación sin nombre, para evitarnos el calificativo de posnadaístas, tenía ciertos aires de superioridad. Como además venía de clase media baja y había luchado mucho para ganarse su lugar, no vio nunca con buenos ojos a los jóvenes como Rafael. Se podría decir que Garavito veía en Chaparro el reflejo de una clase pequeña burguesa de tenis que lo enervaba. Nunca se cayeron bien, pero tampoco nunca tuvieron problemas porque igual a Chaparro le importaba un bledo todo eso. Y aunque compartieron el mismo espacio nunca trabajaron juntos.

Yo fui columnista de La Prensa en ese tiempo y colaboré con textos sobre diversos temas para la página ocho, la de la sección Cultura. Para esa altura el periódico estaba ubicado en una casa en el Bosque Izquierdo que fue de los Cano de El Espectador en los años treinta y ahí vi que mientras en un extremo Fernando Garavito, con su camisa azul, corbata, calzonarias, actitud sardónica y de sobrado en el periodismo, estaba muerto de la rabia de Chaparro, en el fondo, en una mesita miserable, de tenis rotos y con un computador viejo estaba el sapito de Niza muriéndose de la risa de Garavito. En otro nivel estaba El Dueño, Juan Carlos Pastrana, tratando de sacar la empresa familiar adelante y muy ocupado para ponerles cuidado a esos dos. En la mitad de ellos estaba yo, conociéndolos bien y observando. Cuando no estaba al tanto de todo, me bastaba con mirar a Chaparro y hacerle una seña para que él con una igual, me hiciera entender cómo estaban los ánimos. Así siempre fue el nivel de comprensión y complicidad entre los dos, hasta que sin dejar de ser amigos, nos tocó dejar de vernos.

La Prensa es hoy un medio recordado por lo novedoso y diferente que fue, por sus secciones bien definidas, por su inclinación a los temas culturales, pero más que nada por lo genial de sus titulares. En ese esquema casó perfectamente Rafael, con sus crónicas urbanas y sus artículos sobre rock y cine, que siempre estuvieron excelentemente titulados. Nadie en ese medio titulaba tan bien y me aventuro a dar la hipótesis de que Juan Carlos Pastrana, el que hoy es el gran titulador, aprendió a hacer encabezados por el trabajo de Rafael Chaparro.

Y la cosa se tornó mejor después de que Opio en las nubes ganara el Premio Nacional de Novela, porque eso despertó una enorme ansiedad vital por Rafael y le abrió más puertas y le ayudó a hacerse un prestigio impensado como escritor con libertad para hablar de lo que fuera.

“A” de Arenas y de Amarilla

Mientras Rafael se ganaba su prestigio en La Prensa y antes en Consigna, hubo una mujer en su vida, una amiga que conoció en la universidad cuando estudiaba filosofía y letras y que le abrió las puertas para llegar más lejos. Se trata de Paula Arenas Canal, una persona que para los primeros años de la década de 1990, tuvo un poder grandísimo en el país y que pocos han logrado y otros envidiado, pues era prácticamente la dueña de Cinevisión, una programadora con libertad, prestigio, dinero, equipos y personal. Cuando eso no existían los canales privados y Cinevisión era la empresa que mejores programas producía e importaba.

Ella jugó un papel fundamental en la vida de Rafael, pues es quien finalmente le da oportunidad de entrar a trabajar en televisión empezando por Zoociedad. Para mí existe cierto enamoramiento de Chaparro por ella, algo que es obvio, pues Paula siempre ha sido una bella y encantadora mujer de ojos intensamente azules. Ese sentimiento se ve reflejado y vuelto ficción en Opio en las nubes donde, para mí, el personaje Amarilla es Paula Arenas. Es como una especie de agradecimiento. Pero aclaro que no lo digo de una manera tan rotunda, porque Amarilla es el reflejo de muchas mujeres. Pero de Paula tiene mucho[5].

Además él nunca pudo engañarme a mí, pues a leer su novela de una descubrí que su principal trama secreta era topográfica, pues yo en ésta veo la Bogotá de todos los días y no la alterada. Veo la misma Bogotá que él se recorrió de bar en bar, de cine en cine y de buseta en buseta y no la ciudad fantástica con ciertos visos nórdicos y londinenses que él creó para generarse un propio deleite. Ahí es donde está la trampita retórica en la que yo no caí y que hace que me guste más lo novela porque la siento más cercana. Para ser más claro, yo te puedo decir que el mar de la ciudad de la novela queda en el barrio Polo, que la frontera del puerto donde sucede parte de la trama es en el modesto puente peatonal de la 85 y que la 85 es la Avenida Blanchot.

En todo caso eso no le quita ningún mérito a la obra porque es poseedora de la prosa más nueva, más querida, más sustanciosa que pudo haber aparecido en la década de los noventa. Para mí es justo que se ganara el premio a pesar de que veo su trama demasiado elemental, y sobre todo muy apresurada porque al mismo tiempo que él la escribía se estaba despidiendo, lo que se resume en el poema de Pavese que reza: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos / esta muerte que nos acompaña / desde el alba a la noche, insomne, / sorda, como un viejo remordimiento / o un absurdo defecto. Tus ojos / serán una palabra inútil, / un grito callado, un silencio. / Así los ves cada mañana / cuando sola te inclinas / ante el espejo. Oh, amada esperanza, / aquel día sabremos, también, / que eres la vida y eres la nada. // Para todos tiene la muerte una mirada. / Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. / Será como dejar un vicio, / como ver en el espejo / asomar un rostro muerto, / como escuchar un labio ya cerrado. / Mudos, descenderemos al abismo”.

Aquí cabe mencionar que un buen día Rafael se apareció en mi apartamento y me regaló un manuscrito, la versión corregida y final de la novela inédita que él dejó y que todavía conserva su familia, cuyo título es El Pájaro Speed y su banda de corazones maleantes. Un texto que me entregó, de seguro, con la intención de prolongarse después de la muerte. Lo triste del asunto es que esta novela inédita es para mí como un dolor de muela, pues sigue la misma línea de su predecesora y yo no poseo ningún derecho sobre ella, por tanto no puedo publicarla. Eso me atormenta bastante y es un deseo personal sacarla de la estantería donde la tengo así no tenga manera de saber cuál es la voluntad de Chaparro sobre esto.

El aliento de Marilyn

Si no estoy mal desde esa noche empezaron los vuelos de los peces negros sobre la ciudad. (…) De sus bocas salían lenguas de fuego que preñaban las nubes con su veneno. Esa noche de sábado la ciudad empezó a oler a cebolla, a sangre caliente. A caucho quemado. Olía a odio, a desesperación.

Rafael Chaparro Madiedo

Opio en las nubes

Existe una especie de leyenda. No sé de dónde salió y yo mismo la he empezado a creer puesto que no la he desmentido. Ésta se refiere a que yo intervine para que Opio en las nubes se llamara así y no El aliento de Marilyn, como Chaparro la pensó titular inicialmente. Hay quienes dicen que él vino aquí, me mostró el manuscrito y su título tentativo y que yo le ayudé a configurar el definitivo.

Hay que decir con seguridad que ambos admirábamos mucho a Marilyn Monroe, pero no a la chica dulce que aparecía en las películas o en la portada de la Play Boy u otras revistas, sino la Marilyn metida en problemas políticos con los Kennedy y con la conspiración anticubana. O sea la Marilyn de verdad, la estremecida con la puta realidad gringa. Ahí también entra el poema de Ernesto Cardenal, Oración por Marilyn Monroe, que además es sumamente importante porque prácticamente es la apertura de los nadaístas a la poesía.

Tal vez por ese amor se comienza a jugar con el nombre de Marilyn para un eventual título de la novela. En algún momento, en el lapso de tiempo durante el cual Rafael escribió la novela, Bush padre viene a Cartagena y cuando se bajó del avión se quedó mirando al cielo como en una especie de acción paranoica. Desde el punto de vista literario hay gestos que inauguran eras, y éste puede considerarse como el de la inauguración de la supervigilancia que se vino sobre América Latina, especialmente sobre Colombia y la que al poco tiempo devino en hechos como las fumigaciones, el avión fantasma, el Plan Colombia, la certificación y la cancelación de la visa de Ernesto Samper, entre otros.

Como elemento escabroso y parte de un pequeño paréntesis, diré que nosotros competimos por el premio de Colcultura y él se lo ganó[6]. Mira si eso a mí todavía me encabrona. En este concurso presenté la novela Este último paseo, la cual pude publicar luego con Arango Editores y el apoyo de la Universidad de los Andes. En ese concurso también participó gente de la talla de Rafael Humberto Moreno Durán, quien después de conocer la obra ganadora me dijo que no entendía cómo era que había ganado esa ‘güevonada’[7].

Ese fallo fue bastante cuestionado porque siempre ha existido el rumor de que había ciertos intereses de que el premio lo ganara alguien nuevo y que por eso las personas que abrieron los sobres que llegaron al concurso, desplazaron hacia rincones oscuros obras que ameritaban ese reconocimiento. Así pasa en todos los concursos de literatura, donde no todos quedan satisfechos con los veredictos de los jueces y obras iguales o mejores son enterradas. En todo caso Opio en las nubes ha sabido defenderse por sí sola de las críticas que se le hacen y, buena o mala novela, ya tiene un lugar inamovible en nuestras letras. Y eso no lo discute nadie. Cierra paréntesis.

En la página diecisiete de Ese último paseo hablo de que hubo un bombardeo a las nubes con una solución de plata y cromo. Es una referencia sobre una acción desesperada que adoptaron las autoridades bogotanas, cuando aceptaron los servicios de una firma norteamericana que por medio de unas avionetas bombardearon las nubes de la ciudad buscando que lloviera para acabar con una sequía terrible. Eso fue antes del apagón de Gaviria y también podría tener algo que ver con la historia de Opio en las nubes.

Mi recuerdo es muy débil, pero yo quiero inventarme que estas dos cosas fueron determinantes en la selección del título: lo de Bush y lo de los bombardeos. Dos cosas que se situaron en contraposición al otro título porque ya para la época se había escrito demasiado sobre Marilyn Monroe y ya no era algo novedoso, más que quemado. Aunque si usted va a la novela ese supuesto título no se descartó y está en el interior como el encabezado de uno de sus capítulos y para acabar de ajustar es en el que se narra cómo Sven, el protagonista, y una de las voces principales, conoce a Amarilla.

Por lo menos vi la película

Rafael y yo empezamos a distanciarnos por problemas con nuestras mujeres de turno. Él tuvo problemas con su novia por cuestiones de creatividad y yo con María Teresa Salcedo, quien en ese momento era mi esposa, por el hecho de que ella desarrolló una especie de repulsión por Rafael. Todo empezó una vez cuando él le pidió prestada su tesis de grado y por algún absurdo descuido le extravió una hoja. Eso la enervó muchísimo y aunque Chaparro se disculpó nunca lo volvió a ver con buenos ojos. Yo traté de mediar entre los dos, pero ella no pudo soportar eso y además le agregó al disgusto que él siempre la había mirado “raro”. Yo le pregunté que como así que “raro” y ella me decía que sí, que raro, que no le gustaba como él la miraba.

Es resabido que toda pelea con una mujer es batalla perdida y no me quedó más remedio que ceder ante su disgusto, cosa que Rafael entendió perfectamente y nunca me recriminó. Entre los hombres ese tipo de cosas se sobrellevan muy bien y además nunca hubo un acuerdo tácito entre los dos que nos instara a dejar de vernos sin perder la amistad. Simplemente y a raíz de estos hechos, de un momento a otro, nos distanciamos y punto.

Y mira cómo es la vida. El día que me avisaron de lo de su muerte estaba con la misma mujer, ya para la fecha nos estábamos divorciando, y ella me invitó a ver Picos Gemelos, de David Linch, en el Colombo Americano. Cuando se terminó la película y encendieron las luces de la sala, alguien que no recuerdo se voltea y me pregunta: ¿Sabe que murió Rafael Chaparro? Para mí este suceso tiene altas dosis de patafísica y no sé por qué mi mente borró quién fue esa persona, aunque en todo caso mi memoria no quiere recordarla.


[1] Manuel Hernández es profesor en la Universidad de los Andes y en la Javeriana. Es poeta y escritor. Ahora se dedica a la pintura y en varias oportunidades ha ejercido como columnista en publicaciones como La Prensa y El Espectador. Además, fue amigo y profesor de Rafael Chaparro Madiedo.

[2] En la entrevista “Soy de Coca-Cola, aspirina y neón”, de Ana María Escallón, publicada el 20 de junio de 1993 en el suplemento de El Tiempo, Lecturas Dominicales, las preguntas de Escallón ayudan a comprender un poco del universo que Rafael Chaparro quiso crear en Opio en las nubes. Frente al tema de la innovación del lenguaje respondió lo siguiente: “Mi intención es experimentar y por eso sigo la idea de Cortázar donde el lenguaje es el módulo para armar. Ahora, sí cuidé el lenguaje, pero también quiero que exista la posibilidad de otra construcción de la frase. Por eso hay un lenguaje interior donde todo está permitido. (…) Sabía que me interesaba la ruptura y a medida que experimentaba con el lenguaje, lo hacía conmigo mismo. Es un leguaje de sudor y en ese sentido no es técnico ni erudito”.

[3] Chaparro Madiedo, Rafael. Interpretaciones de los estados de ánimo como experiencias ontológicas con base en “Ser y Tiempo”. Bogotá: Universidad de los Andes. Tesis de grado, 1987. p. 57.

[4] En La Prensa Rafael Chaparro escribió muchos perfiles y crónicas sobre gente por la que sentía alguna admiración, como profesores y amigos o estrellas del rock. Sobre Carlos B. Gutiérrez, a propósito de la entrega de la Medalla Goethe que le hizo el gobierno alemán, publicó la crónica “Huellas del sendero” el jueves 16 marzo de 1989, en la página 8.

[5] En la entrevista ya citada de Ana María Escallón, frente al tema de Amarilla Chaparro respondió lo siguiente: “Amarilla son muchas mujeres. Ella tiene la expresión de la cara y el olor de Jody Foster. Tiene las piernas de Raquel Welch y las actitudes de Madonna”.

[6] Rafael Chaparro participó en el Premio Nacional de Novela bajo el seudónimo de Virus Cocker y Manuel Hernández con el de Hermenegildo Centella. En el acta No. 2125 de Colcultura (documento público que se puede consultar en el archivo del Ministerio de Cultura) aparece lo siguiente: “El jurado compuesto por los tres escritores Héctor Rojas Herazo, de Colombia, Salvador Garmendia, de Venezuela, y José Viñals, de Argentina, resolvieron por unanimidad declarar ganadora del premio a la novela titulada Opio en las nubes, firmada bajo el seudónimo de Virus Cocker, resultó ser Rafael Chaparro Madiedo.

Opio en las nubes trata el sueño como esperanza, la tribulación como esencia del puro existir. El verdadero personaje de esta meditación es el absurdo. Los seres se confunden con la objetividad que los circunda y todo concluye en una salvadora aunque ilusoria destrucción”.

[7] En la misma acta se inscribe la siguiente nota: “No previsto a las bases del concurso, el jurado declara, también por unanimidad, como acreedora de una distinción especial, y recomienda su publicación a la obra Asuntos de un hidalgo disoluto”. Esta es la novela con la que participó Héctor Abad Faciolince bajo el seudónimo de Malakim.

Directo a la yugular. El paso de Rafael Chaparro por La Prensa

Fotografía: La Prensa.
Pie de foto: “Ha llegado a ser tan irreverente en sus artículos y libretos, que hasta las vacas sagradas dejaron de pastar mansamente”. Fotografía: La Prensa. (1992).

Fueron casi tres años de ver el mundo a través del diag 1, del mmm1, de las caídas del sistema, de la cola sss0, de la vvv0 y de la ggg0. Fueron casi tres años donde las palabras mágicas fueron “Crosfield Magician Plus”. Fueron tres años vividos intensamente en la redacción. Fueron tres años a bordo de rostros agradables. Los días en La Prensa siempre tendrán algo especial, algún olor o color que los recuerde. (...) Al principio, en el 88, caían toda suerte de personajes en la sección de las cinco preguntas: teatreros, rockeros, modistas, peluqueros, artistas. El caso llegaba hasta puntos dramáticos que a veces se decía “vaya entreviste al primer gato que pase por el frente del periódico.

Rafael Chaparro Madiedo.
“Estoy en la mitad de Zambia”.
La Prensa. Marzo
19 de 1991.

Ana María Escallón[1] fue su jefe

Es una verdadera lástima que pocas personas hayan indagado sobre un filósofo de tenis que terminó siendo periodista sin quererlo y que escribía en su computador como componiendo canciones de rock. Y esa es una forma, mi forma, de ver a Rafael Chaparro Madiedo, un tipo que en La Prensa, donde yo fui su jefe, siempre hizo lo que le dio la gana y terminó por ganarse mi complicidad con sus textos desprovistos del común glamour en un oficio vanidoso, pero dotados de una óptica descabellada que yo no dudaba en publicar por lo certera y filosa.

El periodismo, con excepciones, ha sido muy uniforme a la hora de contar las cosas y de abordarlas por el lado más obvio. Incluso en los últimos tiempos los que practican el oficio del día a día, se han casado con lugares comunes y conectores como el dijo o el afirmó. Con Rafael la cosa fue diferente y pocos conocieron o recuerdan su trabajo fuera de Opio en las nubes. Resulta que este Premio Nacional de Novela también fue algo parecido a un periodista y pudo dejar una amplia obra de crónicas y textos como reseñas y artículos de opinión que aunque no se nutrieron de las bases fundamentales del periodismo, ni de absurdas teorías como la pirámide invertida, terminaron por ser grandes textos no necesariamente parecidos a la novela. Lástima que no trascendieran por lo de su muerte temprana. Pero no todo está perdido, puesto que todavía se encuentran muchos de esos textos en los archivos de las bibliotecas esperando a ser redescubiertos.

El periódico: Cra 4 No. 25B-12.

La Prensa fue un diario fundado por la familia Pastrana y vio la luz el 4 de agosto de 1988. Esta publicación vivió en una época en la que decir verdades le costó la cabeza a muchos en este país. Y precisamente por esas verdades dejó de imprimirse el 28 de febrero de 1997, fecha en la que salió su último número para finalmente sucumbir ante presiones económicas y políticas aliadas con las fuerzas oscuras que han intentado dominar todo en Colombia, incluso la libertad de prensa.

Para mí fue un privilegio trabajar como editora cultural en este periódico, sobre todo porque yo estuve encargada de una verdadera sección cultural. Si algo hay que decir de La Prensa, aparte de su forma de titular verdades, es que su fuerte fue toda la información relacionada con la cultura. Es decir, era como cualquier periódico noticioso con secciones políticas, económicas, deportivas, de opinión, internacional, etcétera. Todas muy completas, pero sin relegar a una olvidada página la cultura ni confundiéndola con otras cosas como la farándula o los reinados: eso que hoy llaman entretenimiento y que cada vez le roba más espacio a la información de real importancia en un medio. Y aunque como los reinados o cosas de ese tipo han sido desde hace mucho parte de la realidad nacional, nos tocó cubrirlas dentro de saludables límites.

Además de eso La Prensa contó con un excelente grupo de periodistas y columnistas que trataron la información con muy buenos elementos de análisis y allí, por ejemplo, hizo escuela gente muy talentosa como Miguel Silva, uno de los estandartes de la revista Gatopardo. Yo podría enumerar más cosas y personas que hicieron en su momento de La Prensa un excelente periódico y por eso continúo diciendo que el diseño de sus páginas siempre fue una obra de arte nacida de las manos de Gustavo Zalamea y que las colaboraciones nacionales e internacionales fueron de gran talla. En lo nacional pudimos publicar artículos de Óscar Collazos, Juan Gustavo Cobo, Alfredo Molano, Álvaro Mutis, William Ospina, Belisario Betancur, R.H. Moreno Durán, Germán Castro Caicedo, Germán Espinosa, Manuel Mejía Vallejo, Hernando Téllez y Héctor Abad Faciolince. En lo internacional la lista también la conforman escritores de lujo como Mario Vargas Llosa, Salvador Garmendia, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Milan Kundera y otros más que se me escapan.

No sólo por eso La Prensa fue una maravilla. Para los que en el diario trabajamos fue una gran experiencia porque casi siempre hicimos lo que mejor nos pareció y nunca nadie nos impuso un tema, a no ser que fuera necesario. Ninguno sufrió por una extrema censura interna e incluso hasta Juan Carlos Pastrana, el director, se tomó muchas libertades a la hora de titular.

El periódico nunca fue muy sólido en publicidad, pero contó con pautas que lo mantuvieron a flote. Lo que pasa es que a la hora de diagramar cada número tuvimos muchos problemas porque la publicidad nos agredía directamente los diseños de Zalamea y sacrificamos muchos ingresos por eso. Al final verdades del periódico empezaron a generar malestar entre algunos sectores políticos y económicos, por lo que las pautas de siempre se fueron y dejaron al periódico a la deriva y con altos problemas financieros que obligaron a una irreversible quiebra. Fue algo parecido a lo que años después le pasó a El Espectador.

Vivir en Domingo

Entre semana hasta el sábado, la sección que se encargaba de todo lo relacionado con el cine, la televisión, la literatura, el arte, la música y demás temas fue “Vivir”. Los domingos la información proveniente del sector cultural ocupaba casi todo el periódico con obligadas variaciones dependiendo de los acontecimientos. Eso se llamó La Prensa de Domingo. La primera sección fue inicialmente dirigida por Fernando Garavito y “Domingo” fue mía. Más o menos al año Garavito se fue para internacionales y terminó como editor general y a mí me adicionaron “Vivir”.

Un par de semanas antes de que todo empezara me tocó escoger a mis colaboradores, gente nueva, para que nos apoyara en el periódico del fin de semana. A ese proceso de selección llegó un filósofo de tenis, pelo desaliñado, gafas medio chuecas y cigarrillo en la boca. Yo no sé por qué, pero por pura intuición y sin meditarlo mucho, decidí escogerlo a él porque me pareció alguien muy inteligente y además venía escribiendo columnas de opinión en una revista que ya tampoco existe. Ese filósofo era Chaparro y al poco tiempo me demostró que sin haber estudiado periodismo, era más capaz que el periodista mismo porque como todo filósofo fue educado para razonar y para observar la realidad de una manera más sensible. Eso mismo es lo que uno les pide a los periodistas, pero éstos no responden de la misma manera porque su formación es de algún modo más superficial. Fue lo mismo que yo le pedí a mi equipo y no voy a decir que Chaparro lo hizo mejor o peor que el resto, simplemente lo hizo a otro nivel.

Eso sí, tú a él no lo podías poner a cubrir economía o política porque le disgustaba mucho. Y como yo siempre he creído en la onda de que el periodista se debe especializar en una sola corriente y además porque me parece terrible hacer lo que a uno no le gusta, les di vía libre a todos los que trabajaron conmigo para que hicieran lo que más les llamara la atención. En La Prensa todo lo que fuera rock, cine, literatura y temas urbanos fueron de Chaparro. Esos eran los temas que a él le gustaron y esos fueron los que hizo siempre. Aunque el duro en todo lo relacionado con el rock mientras estuvo en el periódico fue Eduardo Arias, alguien de quien Chaparro aprendió mucho y con el que pudo emprender varios proyectos como “La Franja Lunática”[2] y Zoociedad.

En el tema rock La Prensa también tuvo mucho éxito y logró bastantes lectores jóvenes que cada viernes compraron el periódico para leer la sección dedicada a este género y a otros como el pop y el reggae. Los jueves “Vivir” se transformó en “Jueves Cultural” y los viernes en “Vivirock”, en donde lo último en tendencias musicales se desplegó de la mejor forma. Antes de Vivirock Alejandro Villalobos y Radioactiva eran los dueños de la última palabra en todo lo relacionado, pero llegó esta sección e hizo una competencia de frente que por el lado de Chaparro se volvió una guerra sin fin, pues él siempre consideró que el trabajo de Villalobos era una lobería mediocre, igual que toda la música que programaba.

La sede principal, donde quedaba la redacción, estuvo en una casa grande de dos pisos en el Bosque Izquierdo, por la carrera cuarta con 25B. En esa casa trabajaban los de la semana y los de fin de semana lo hicimos, en un principio, en un apartamento de un conocido de mi padre en las Torres del Parque. Luego todos nos fuimos para esa famosa casa blanca. Mientras hicimos “Domingo” todo fue más simple porque tuvimos más tiempo para la redacción de los artículos. Los definíamos los lunes, los martes y miércoles los trabajábamos, los jueves les hacíamos todos los retoques del caso y los viernes los entregábamos poco antes del cierre de las ediciones de fin de semana. Muchas veces ese cierre se hizo al filo de la madrugada.

Chaparro trabajó en el periódico hasta marzo de 1991[3]. Él se fue a trabajar en televisión, pero hasta el fin de sus días siguió como colaborador escribiendo cada ocho o quince días columnas de opinión, primero entre semana en la página ocho y luego en la 26 o 27 de los domingos[4]. A veces le tocó hacer cosas que no le gustaron y por eso dejó sin firmar muchos artículos. Hubo otros que sí los firmó, pero para buscar enfados en Fernando Garavito, su único enemigo en el diario.

‘Chaparrock’, directo a la yugular

El director no hace nada sin consultarle primero a Mick Jagger. ¿Mick qué tal te parece unas cinco preguntas a Ivonne Nicholls? Espantoso, responde Mick al otro lado de la línea. Oye, déjame tranquilo que estoy aquí en las Islas Vírgenes con mi rubia salvaje fumándome el único cayo virgen que ha quedado. Eso de venir después de los locos de Metallica es una vaina. El director se acomoda las gafas y piensa que Mick tiene razón. Qué jartera Ivonne Bolívar, perdón Ivonne Nicholls. (…) ¿Otro titiritero? EL próximo titiritero que cruce esa puerta lo mandamos a una cabeza de lista. (…) Ya sé. Mandemos al titiritero a El Tiempo para que le hagan un especial de ocho páginas sobre el marginamiento socioeconómico de la cultura en el país, dadas condiciones poco favorables, firmado por José Hernández. Listo, tome dele para el taxi. Otra tarde ‘heavy’.

Rafael Chaparro Madiedo.

“La otra casa tomada”.
La Prensa. Octubre
3 de 1991.

A Rafael casi nunca lo llamamos así. Él siempre respondió por ‘Chaparro’, ‘Rafa’, ‘Chaparrock’ y ‘Pacharro’. Este último porque él siempre fue poseedor de un humor inigualable. Pero no el humor del tipo gracioso que lanza chistes todo el tiempo, sino el del tipo callado que es definitivo en una situación graciosa cuando a lo último hace el comentario más ácido de todos. Mucho de esa condición quedó en sus artículos y en el ambiente que se vivió en La Prensa, sobre todo cuando se burlaba a manera de desquite de Garavito. Y con cierta razón, porque Fernando Garavito por alguna extraña razón se ensañó con él. Lo digo porque en ese tiempo Garavito se podía enojar con cualquiera de nosotros, pero con Chaparro era una cosa cercana al odio. Nunca logré entender por qué y eso no importó porque Chaparro nunca se dejó y siempre le tiraba a la yugular, siempre lo dejaba más verraco de lo que estaba.

Todo con Chaparro fue directo a la yugular: sus opiniones, sus críticas, sus títulos, sus crónicas, su enfado con las injusticias del país. Cada vez que a Juan Carlos Pastrana, el director, se le ocurrió algo que nos lo enmarcó como genial, Chaparro hizo exactamente lo contrario o algo diferente. Pastrana me decía en ese entonces: “¿Qué te parece, Ana María, si cubrimos el conflicto judíopalestino desde todo lo que han sufrido los israelitas?”. Entonces Chaparro se iba a hablar con los palestinos y volvía con un resultado genial que yo publicaba así supiera de antemano que al otro día me iban a regañar. Pero cómo no publicar textos tan buenos.

Esa escena se repitió con frecuencia en el periódico. Muchas veces Juan Carlos Pastrana me sugirió cosas como: “¿Qué te parece, Ana María, si hablamos del Golfo Pérsico y de Hussein?”. Entonces yo le delegaba eso a Chaparro y él me venía con un artículo de humor erótico de lo más bueno. Pero hay un artículo que recuerdo especialmente y Chaparro lo escribió cuando a Pastrana se le ocurrió hacer algo relacionado con los supermercados y el porqué de la disposición y la presentación de los productos que en éstos venden. Como siempre, mandé a Chaparro a hacer una crónica y él volvió todo irreverente con una historia en donde, por ejemplo, las uvas y las naranjas pensaban y el pasillo de los insecticidas se llamaba ‘Zona paramilitar para cucarachas’. Una historia buenísima y muy graciosa y que yo la publiqué. El regaño de Pastrana fue monumental, pero al cabo del tiempo todos nos dimos cuenta de que esos textos estaban teniendo un éxito entre los lectores y le dimos mucha más libertad a Chaparro[5]. Además estaban provistos de excelentes titulares, porque titular fue otro de sus talentos del que La Prensa se nutrió y muchas de sus ideas fueron aceptadas para encabezar artículos de otros en el periódico.

El episodio García Márquez

Alguna vez a las instalaciones de La Prensa llegó de visita Gabriel García Márquez y como él siempre les ha tenido fobia a los periodistas, sólo habló con Chaparro por ser el único periodista que no era periodista en el periódico. Yo era cercana a García Márquez por esos días y durante esa visita Chaparro me dice: “Oye, Ana, yo quiero irme para Cuba a estudiar a la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños”. Yo le comento eso a García Márquez y él accede a llevárselo porque para entonces Chaparro ya había adelantado unos estudios de cine en la Universidad Externado de Colombia.

Ese curso, de un par de meses, puedo apostar que fue la experiencia más desastrosa de la vida de Chaparro. Le fue muy mal y volvió hablando pestes del escritor porque le pareció muy mala persona. Además se decepcionó mucho del ego de García Márquez y de su antipatía por todo estudiante que no fuera una mujer bonita, pues según él García Márquez llegaba, hablaba dos o tres cosas, les coqueteaba a dos tres alumnas y se iba sin atender ninguna duda ni nada. El pobre Chaparro se fue feliz y con muchas expectativas a estudiar a Cuba y regresó vuelto un ocho y muy enfermo porque le tocó comer cosas que le hicieron daño a su salud delicada.


“Soy de Cocacola, aspirina y neón”

Chaparro fue uno de esos personajes a los que no les gusta llamar la atención. Él no lo hizo porque sí, simplemente fue un retraído natural que muchas veces fue visto como antipático. Aunque hay muchas cosas que se me han olvidado por el paso del tiempo, conservo algo que no ha perdido nitidez y es que siempre fue un tipo que llevó una carga constante, no física. Algo así como una dolencia en el alma cercana a la angustia, como una insatisfacción que entonces no pude definir y ahora mucho menos. Era como una especie de ansiedad que siempre llamó mi atención y que se vio a veces en sus ojos tristes, en su silencio y sobre todo en su escritura. Era algo extraño que no se debió a su enfermedad, de la cual siempre se burló mucho y no le dio importancia, y que lo hizo ser alguien muy especial y poseedor del atormentado talento de un buen escritor. Hablo de un no sé qué que intenté reducir a la expresión “inquietud incómoda”, pero no lo logré. La memoria le pone a uno zancadillas todo el tiempo y hasta que uno se cae y del totazo se le borran a uno muchos recuerdos de la mente. Pero para redondear este relato que en algún momento se tiene que acabar, además porque no me cansaría pronto de hablar de Chaparro, pienso que es necesario citar la introducción que escribí para una entrevista que yo le hice en El Tiempo, después de que nos sorprendió a todos cuando se ganó el Premio Nacional de Novela. En esta entrevista, titulada “Soy de cocacola, aspirina y neón” [6], hay muchas claves expuestas por él mismo sobre sí y sobre su novela, pero es en el inicio donde yo intento dar una mejor definición de él como personaje:

Rafael Chaparro es filósofo de computadora, cocacola, blue jean y camiseta que siempre ha tenido ganas de escribir con un rápido impulso irreverente. Es, indudablemente, su manera de expresar su inquietud incómoda con el mundo en el que le tocó vivir. Rimbaud es su guía; a través de su lectura se le quebró el ritmo interno de la vida espiritual y ante esa agobiante inquietud se le dispararon todas las nostalgias de una vida sin recorrer. Siempre camina lento y encorvado, como si llevara encima el gesto irremediable de la derrota, pero por el contrario, es un hombre con suerte. Donde se sienta, se escurre. (…) Es un apático que se sorprende porque pertenece a una generación sin utopías y, además, se ríe de ellas, que es el reflejo de profundo descreimiento por lo que le rodea. Simpatiza rápido a pesar de que es un tímido múltiple. El rock es su pasión; el humor, su salida a cualquier circunstancia. Su imaginación galopante siempre tiene ideas tan descabelladas que parece que soñara despierto. Fuma siempre como pare de un continuo aburrimiento…



[1] Ana María Escallón ha sido periodista, columnista y crítica de arte. Su especialidad es la obra de Fernando Botero y ha publicado varios libros sobre el artista colombiano.

[2]La Franja Lunática” fue una sección de humor creada por Chaparro y Arias que salió todos los domingos en La Prensa, entre junio 19 y noviembre 26 de 1989, y en la cual abordaron temas de actualidad con un estilo cercano al disparate. Los artículos nunca fueron firmados con sus nombres originales sino con seudónimos como: Chap Tech y Bull Tech, entre otros.

[3] En ese marzo en dos “Tópicos de La Prensa”, que era una de las columnas de la sección “La Opinión” y que siempre salieron junto al editorial del diario, despidieron a Rafael Chaparro. El primero de esos tópicos es el del 8 de marzo de 1991 y dice lo siguiente: “Chaparro / “Sadam lo dejó el Bush”, “I Misil You”, “El Mundo está iracundo”, “Yoko Ono, Tuko Onas”, Cero y Van Gogh, “Alazas go Holmms”, “Calvo es neurótico lo pone”, “Fiasco Da Gamma”. Titulares que sólo podían provenir de la mente retorcida de Rafael Chaparro. Filósofo de profesión, rockero de vocación, cronista urbano, antipoeta, topiquero, titulador. Con sus jeans rotos y su renoleto ídem, Chaparro recorrió con irreverencia pomposos salones y adustas oficinas, el día de la radio, la calle, la esquina, combatiendo con sarcasmo e ironía los lugares comunes, la mediocridad activada, el lenguaje acartonado de nuestra zoociedad. Chaparro se va y todos, incluso Villalobos, extrañaremos sus chistes, sus juegos de palabras, su alegría”. El otro tópico es el del 16 de marzo y dice esto: “Rafa / Una semana sin Rafa es una semana sin dulces Charms, sin gelatina Boogie, sin “acompáñame a la tienda”, sin “Ana regáleme un cigarrillo”, sin “a dónde vamos a almorzar”, sin “qué mamera”. Una semana sin Rafa es una semana sin chistes, sin rock, sin bostezos, sin punketos en la sala de redacción, sin barbaridades, sin imitaciones, sin carcajadas, sin la silla meciéndose, sin blue jeans rotos, sin manos en los bolsillos. Una semana sin Rafa es toda la vida sin Rafa. Que vuelva Rafa”. Muchos de esos tópicos, según Ana María Escallón, fueron escritos por Rafael Chaparro hasta el día que dejó la redacción del periódico. Como siempre fueron publicados sin firma, no podría saberse cuáles son suyos.

[4] El último artículo de Rafael Chaparro en La Prensa fue publicado el domingo 2 de abril de 1995, página 26, y lo tituló “El coronel no tiene quién lo limpie”.

[5] Los artículos a los que Ana María Escallón se refiere son los siguientes: El que se trata sobre Hussein se titula “Hussein llega a Al Cuccah, publicado en La Prensa el 15 de septiembre de 1990. El segundo texto se titula “Supermercado en tres actos”, publicado en La Prensa el 9 de abril de 1989. El siguiente es un aparte del primero de estos artículos: “El beso Hussein está de moda. Primero llega a un oasis intermedio llamado Al Omblhigo, pero su único objetivo es invadir el oasis principal del Golfo Pélvico: Al Cuccah (hueco sagrado en árabe). La historia sagrada dice que este oasis antes se llamaba Cucalonia, lugar de perdición donde ‘Nabucondonosor’ acostumbraba pasar sus fines de semana en full relajo”. El segundo texto empieza así: “… Contenido neto 280 c.c. Su rico sabor a menta deja el aliento fresco. Déjese unos momentos y retírese con papel tisú. Home Products inc. Cali. Boyle Midaway USA con carnauba y silicona. Leche de magnesia Phillips. Suspensión. Antiácido y laxante. The Sydney Ross Co. Agítese bien antes de usar. Para niños una cucharadita al día. No más. Ocho de la mañana en supermercado. / Es un lugar obligado para que muchos hogares se mantengan como institución”.

[6] Ana María Escallón escribió dicha entrevista para el suplemento Lecturas Dominicales. Fue publicada el 20 de julio de 1993.