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Las Brigadas Internacionales y la debilidad del antifascismo

Se cumplen 90 años del ejército de voluntarios más famoso de la historia

Eulogia Merle

El 18 de septiembre se cumplen 90 años de la creación de las Brigadas Internacionales, probablemente el ejército de voluntarios más famoso de la historia. A los brigadistas se les ha llamado muchas cosas, desde, de forma peyorativa por el franquismo, escoria ...

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del bolchevismo internacional, a, con admiración, héroes y antifascistas prematuros que se adelantaron a la Segunda Guerra Mundial. Tanto su fama como las opiniones muy variadas sobre ellos no son excepcionales, pues se corresponden bastante bien con las emociones y los debates que ha venido generando la Guerra Civil española desde su estallido. Este artículo ignora los insultos a las Brigadas y sus miembros, para ponderar su significado como símbolo —y también mito— de un pasado tan violento como a veces confuso.

Al analizar la importancia histórica de las Brigadas, lo que en realidad hacemos es discernir qué fueron la guerra de España, el antifascismo y la propia guerra mundial. Dejemos fuera el primer tema —tan bien analizado por mis colegas en estas mismas páginas en este año de tristes aniversarios—, para centrarnos en los dos últimos aspectos.

El antifascismo surgió en oposición a la aparición y eventual llegada al poder del movimiento fascista en Italia entre marzo de 1919 y octubre de 1922. Los enemigos italianos del fascio eran antifascistas por necesidad, y como tales fueron perseguidos con saña por Mussolini. El suyo fue el único gobierno fascista en Europa hasta que Hitler fue nombrado canciller en enero de 1933. Pero incluso entonces no era evidente que se trataba del mismo tipo de régimen político. La Conferencia de Montreux de diciembre de 1934, organizada por los italianos para crear una Internacional Fascista, excluyó de forma vehemente a los nazis. Esta confusión afectó también a demócratas burgueses y, sobre todo, a la izquierda. Para aquellos, empezando por el propio Winston Churchill, el fascismo era un fenómeno local muy apropiado para pueblos como los latinos que no eran aptos por temperamento para la democracia.

Para la izquierda, la situación era más compleja. La división, a veces sangrienta, entre socialistas y comunistas en los años de ascenso del fascismo hizo que ambos no compartiesen ni análisis ni estrategias sobre lo que estaba ocurriendo. Es más, la Internacional Comunista (Komintern) adoptó en 1928 la doctrina de “clase contra clase”, que básicamente demonizaba a los socialdemócratas como colaboradores del sistema capitalista y traidores al proletariado, y por lo tanto eran considerados “socialfascistas”. Esta doctrina no fue revisada por Stalin hasta 1935, cuando el afianzamiento en el poder del Tercer Reich —antes, el Partido Comunista Alemán colaboró puntualmente con los nazis en su afán de destruir la democracia de Weimar— demostró que había sido catastrófica. Fue sustituida por la idea de los frentes populares: todas las fuerzas “democráticas” debían unirse para combatir al fascismo.

Con este giro extraordinario, el dictador soviético esperaba atraer a los gobiernos occidentales a una alianza contra la creciente amenaza militar de Alemania. No lo consiguió, y el ejemplo más palmario, pero no el único, fue la Guerra Civil española, cuando el Gobierno español legítimo se vio aislado internacionalmente e impedido de defenderse, sobre todo por la política de No Intervención adoptada por los franco-británicos a comienzos de agosto de 1936, que cerró los mercados internacionales de armas a la República mientras que italianos y alemanes llevaban semanas enviando hombres y material a los rebeldes.

La creación de las Brigadas y el despacho a España por la Komintern de menos de 40.000 voluntarios han sido celebrados desde entonces como un momento álgido en la historia del antifascismo mundial; y por el franquismo, pues encajaba perfectamente en su narrativa de luchar contra feroces y más numerosos enemigos extranjeros. Pero lo cierto es que este número fue mucho menor que los 100.000 soldados enviados por Italia, Alemania y Portugal (a los que habría que sumar entre 60.000 y 85.000 mercenarios marroquíes) a la España “nacional”. Por su parte, los soviéticos pertrecharon a la República con menos material, de forma más irregular y a menudo de peor calidad del que suministraron las potencias fascistas a Franco, que además recibió a crédito petróleo y camiones en cantidades ingentes desde los Estados Unidos que le permitieron mover a sus ejércitos; más la ayuda de la banca internacional.

Tampoco parece que los brigadistas anunciasen de forma temprana la lucha de la Segunda Guerra Mundial. De entrada, este nombre no fue usado de forma generalizada hasta finalizado el conflicto, que tampoco se vio en su momento, y desde todos los lugares del mundo, de la misma manera que lo entendemos hoy. Para los chinos, había comenzado con la invasión japonesa de julio de 1937. A esta contienda se le llamó la Segunda Guerra sino-japonesa. La invasión de Polonia en setiembre de 1939 desató otro conflicto que en su momento se llamó la Guerra Europea. En principio, no fue esta una lucha por la libertad, sino en defensa de los intereses estratégicos de británicos y franceses. Polonia era una dictadura militar de derechas. Antes, esos países habían dejado perecer a las democracias española y checoslovaca a manos del fascismo.

Por otra parte, hasta la invasión nazi de la Unión Soviética (la, de forma significativa, llamada Gran Guerra Patriótica) en junio de 1941, poco espacio hubo para el antifascismo en el mundo. En ese periodo, los partidos comunistas defendieron que la guerra europea era una lucha entre imperialistas (el Partido Comunista Francés llamó a sus militantes a no luchar, y su líder máximo, Maurice Thorez, desertó a Moscú cuando fue llamado a filas). No era de extrañar. Desde agosto de 1939 la URSS y la Alemania nazi habían estado colaborando en sus planes, a veces conjuntos, de agresión. Por último, hubo que esperar al ataque japonés de Pearl Harbour en diciembre de 1941 y el estallido de la Guerra del Pacífico, para que todos esos conflictos convergieran en uno, y se formasen las dos grandes alianzas definitivas. Como símbolo de los nuevos tiempos, y de su uso oportunista del antifascismo, en mayo de 1943 Stalin disolvió la Komintern.

Es cierto que el antifascismo se redefinió y reforzó durante la resistencia a los nazis en Europa durante la guerra mundial, pero este auge fue breve. El peso de la lucha y su lógica la llevaron a cabo estados, no movimientos sociales o políticos. Aquellos organizaron y dirigieron el grueso de las tropas que derrotaron al Eje (recordemos que La Nueve, la compañía de antifascistas españoles que liberó París, era una unidad del ejército de la Francia Libre). Y cuando la guerra terminó, fueron los estados vencedores quienes decidieron cómo organizar el mundo en función de sus intereses. Para comienzos de 1947 todo estaba claro. A los antifascistas de las Brigadas Internacionales les tocó desigual suerte. Muchos ocuparon puestos importantes en las nuevas dictaduras comunistas de Europa del Este; y no pocos serían luego víctimas de las purgas que allí se produjeron. En los países occidentales, su presencia pública fue testimonial. Como mucho, representaban la moral y el coraje que los gobiernos occidentales no tuvieron ante el ascenso del fascismo. Pero poco más. Vistos con desconfianza y discriminados en el contexto de la Guerra Fría, sus voces eran muy pequeñas en un mundo que solo quería dejar atrás el horror y disfrutar de la nueva prosperidad, tan atronadora, de posguerra.

Antonio Cazorla Sánchez es catedrático de Historia Contemporánea de Europa en la Trent University (Canadá).

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